EL ECO DEL SILENCIO

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martes, 23 de mayo de 2017

Las barricadas deben ser retiradas, por Paul Mattick

El 17 de mayo de 1937 la C.N.T.-F.A.I. de Barcelona emitía la siguiente orden: “¡Las barricadas deben ser retiradas! Las horas de crisis han pasado. Hay que restablecer la calma. Pero están circulando rumores por la ciudad que contradicen los informes de una vuelta a la normalidad como la que ahora estamos ordenando. Las barricadas están contribuyendo a esa confusión. Ya no necesitamos las barricadas ahora que la lucha ha acabado. Las barricadas no tienen objeto ahora, y la continuación de su existencia puede dar la impresión de que deseamos volver al anterior estado de cosas —y eso no es verdad. Camaradas, cooperemos en el total restablecimiento de la vida civil normal. Todo lo que la impide volver a la normalidad debe desaparecer.”

Y entonces comenzó la vida normal es decir, el terror de los fascistas de Moscú. El asesinato y el apresamiento de los obreros revolucionarios. El desarme de las fuerzas revolucionarias, el silenciamiento de sus periódicos, emisoras, la eliminación de todos los puestos que habían alcanzado con anterioridad. La contrarrevolución triunfaba en Cataluña, donde, como aseguraban a menudo los líderes anarquistas y del POUM, se avanzaba hacia el Socialismo. Las fuerzas contrarrevolucionarias del Frente Popular fueron bien acogidas por los líderes anarquistas. Las víctimas aclamaban a sus verdugos. “Cuando hubo un intento de hallar una solución y restablecer el orden en Barcelona”, leímos en un boletín de la C.N.T.: “la C.N.T. y la F.A.I. fueron las primeras en ofrecer su colaboración, fueron las primeras en pedir el alto el fuego e intentar la pacificación de Barcelona. Cuando el Gobierno Central asumió el orden público, la C.N.T. estuvo entre las primeras organizaciones que pusieron a disposición de los representantes del orden público todas las fuerzas bajo su control. Cuando el Gobierno Central decidió enviar fuerzas armadas a Barcelona con el fin de controlar las fuerzas políticas que no obedecían a las autoridades públicas, la CNT fue una vez más la única en ordenar a todos los distritos facilitar el paso de aquellas fuerzas, para que pudieran llegar a Barcelona y restablecer el orden.”

Sí, la C.N.T. ha hecho todo lo posible para ayudar a la contrarrevolución del Gobierno de Valencia en Barcelona. Los obreros detenidos pueden agradecer a sus líderes anarquistas su apresamiento, que conduce a los pelotones de fusilamiento de los fascistas de Moscú. Los obreros muertos son apartados de en medio junto con las barricadas; son silenciados para que sus líderes puedan continuar hablando. ¡Qué excitación por parte de los neo-bolcheviques! “Moscú ha asesinado a trabajadores revolucionarios”, gritaron. “Por primera vez en su historia, la Tercera Internacional está disparando desde el otro lado de las barricadas. Antes, solamente había traicionado la causa, pero ahora está combatiendo abiertamente contra el comunismo.” ¿Y qué esperaban de la Rusia capitalista de estado y de su Legión Extranjera estos airados vocingleros? ¿Ayuda para los trabajadores españoles? El capitalismo en todas sus formas tiene solamente una respuesta para los trabajadores que se oponen a la explotación: la muerte. Un frente unido con los socialistas o con los “comunistas” de partido es un frente unido con el capitalismo, que sólo puede ser un frente unido por el capitalismo. Es inútil regañar a Moscú, no tiene sentido criticar a los socialistas: ambos han de ser combatidos hasta el fin. Pero ahora, los trabajadores revolucionarios deben reconocer también que los líderes anarquistas, que también los “apparatchiks” de la C.N.T. y F.A.I. se oponen a los intereses de los trabajadores, pertenecen al bando enemigo. Unidos al capitalismo tenían que servir al capitalismo; y donde las frases no valían para nada, la traición se convirtió en el orden del día. Mañana pueden ser ellos quienes disparen contra los trabajadores rebeldes como disparan hoy los verdugos “comunistas” del cuartel “Karl Marx”. La contrarrevolución se extiende desde Franco a Santillán.

Una vez más, como tan a menudo antes, los decepcionados trabajadores revolucionarios denuncian la cobardía de sus líderes, y buscan nuevos y mejores líderes para una organización mejorada. Los “Amigos de Durruti” rompen con los líderes corruptos de la C.N.T. y la F.A.I. con el fin de restaurar el anarquismo original, para salvaguardar el ideal, para mantener la tradición revolucionaria. Han aprendido algo, pero no lo suficiente. Los obreros del POUM están profundamente decepcionados de Gorkin, Nin y compañía. Esos leninistas no fueron suficientemente leninistas, y los miembros del partido buscan mejores Lenines. Han aprendido, pero muy poco. La tradición del pasado pesa como una losa en torno a su cuello. Con un cambio de hombres y una revitalización de la organización no hay bastante. Una revolución comunista no la hacen los líderes y las organizaciones; sino los trabajadores, la clase. Una vez más los trabajadores esperan cambios en el Frente Popular que puedan llevar hacia un giro revolucionario. Largo Caballero, descartado por Moscú, puede volver a hombros de los miembros de la U.G.T. que han aprendido y han visto la luz. Moscú, defraudada porque no encuentra la ayuda apropiada de las naciones democráticas, puede volverse otra vez radical. ¡Todo esto no tiene ningún sentido! Las fuerzas del “Frente Popular”, Largo Caballero y Moscú, son incapaces, incluso aunque quisieran, de derrotar el capitalismo en España. Las fuerzas capitalistas no pueden tener una política socialista. El Frente Popular no es un mal menor para los trabajadores, es simplemente otra forma de la dictadura capitalista que se suma al fascismo. La lucha debe ser contra el capitalismo.

La actitud actual de la C.N.T. no es nueva. Hace pocos meses el presidente catalán, Companys, dijo que la C.N.T.: “no tiene la intención de perjudicar el régimen democrático en España, sino mantener la legalidad y el orden”. Como las otras organizaciones antifascistas españolas, la C.N.T., no obstante su fraseología radical, ha limitado su lucha a la guerra contra Franco. El programa de colectivizaciones, en parte realizado por las necesidades de la guerra, no perjudica los principios capitalistas o al capitalismo como tal. En lo que alcanza el objetivo final declarado por la C.N.T., recuerda a alguna forma modificada de capitalismo de Estado en la que la burocracia sindical y sus filosóficos amigos anarquistas tendrían el poder. Pero incluso este objetivo era para un futuro lejano. No se dio ningún paso real en esa dirección, pues un paso real, incluso hacia un sistema de capitalismo de Estado habría significado el final del Frente Popular, habría significado las barricadas en Cataluña y una guerra civil en el seno de la guerra civil. La contradicción entre su “teoría” y su “práctica” la explicaban los anarquistas a la manera de los farsantes: “que la teoría es una cosa y la práctica otra, y que la segunda nunca es tan armónica como la primera”. La C.N.T. se dio cuenta de que no tenía un plan real de reconstrucción de la sociedad, se daba cuenta, además, de que no tenía a las masas españolas tras ella, sino solamente una parte de los trabajadores en una parte del país, se daba cuenta de su debilidad nacional e internacional, y su frases radicales estaban destinadas a ocultar la total debilidad del movimiento en las condiciones creadas por la guerra civil.

Hay muchas excusas posibles para la posición adoptada por los anarquistas, pero no hay ninguna para su programa de falsificación que oscureció el movimiento obrero y favoreció a los fascistas de Moscú. Intentando hacer creer que el socialismo estaba funcionando en Cataluña y que ello era posible sin romper con el Gobierno del Frente Popular, demostraban hasta qué punto el fortalecimiento del Frente Popular era capaz de hacer cumplir sus dictados a los trabajadores anarquistas españoles. El anarquismo en España aceptaba una forma de fascismo, disfrazado como movimiento democrático para ayudar a aplastar al fascismo franquista. No es cierto, como los anarquistas actualmente intentan hacer creer a sus seguidores, que no había otra altemativa y que, por eso, cualquier crítica contra la C.N.T. es injustificada. Los anarquistas, que habrían intentado, después del 19 de julio de 1936 establecer el poder de los trabajadores en Cataluña, también podían haber intentado aplastar las fuerzas del Gobierno en Barcelona en mayo de 1937.

Podrían haber marchado tanto contra los fascistas franquistas, como contra los fascistas de Moscú. Muy probablemente habrían sido derrotados, posiblemente Franco habría vencido y habría destrozado a los anarquistas, así como a sus competidores del “Frente Popular”. La abierta intervención de los capitalistas puede que se hubiera producido. Pero había también otra posibilidad, aunque mucho menos probable. Los obreros franceses podrían haber ido más allá de la simple declaración de huelga; su intervención podría haber llevado a una guerra en la que todas las potencias se hubieran visto involucradas. La lucha habría tomado, de una vez por todas, un claro cariz entre Capitalismo y Comunismo. Cuales quiera que hubieran sido los acontecimientos, una cosa es segura: las caóticas condiciones del mundo capitalista se habrían vuelto aún más caóticas. Y sin catástrofes ningún cambio es posible en la sociedad. Cualquier ataque real contra el sistema capitalista podría haber acelerado una reacción, pero la reacción se producirá de todos modos, aunque con algún retraso. Este retraso costará más vidas obreras que cualquier otro intento prematuro para aplastar el sistema de explotación. Pero un ataque real contra el capitalismo podría haber creado unas condiciones más favorables para la acción internacional por parte de la clase obrera, o podría haber llevado a una situación en que habría agudizado todas las contradicciones capitalistas y, de ese modo, acelerar el desarrollo histórico hacia la quiebra del capitalismo. En el principio está la acción. Pero la C.N.T., se nos ha dicho, sintió demasiada responsabilidad por la vida de los trabajadores. Quiso evitar un baño de sangre innecesario. ¡Qué cinismo! Más de un millón de personas han muerto ya en la guerra civil. Si, de todos modos se ha de morir, mejor sería hacerlo por una causa que valga la pena.

La lucha contra el capitalismo, esa lucha que la C.N.T. quería evitar, es inevitable. La revolución obrera debe ser radical desde el comienzo, o se perderá. Era necesaria la total expropiación de las clases propietarias, la eliminación de todo poder que no fuera el de los trabajadores armados, y la lucha contra los elementos opositores. Al no hacer eso, las jornadas de Mayo de Barcelona y la eliminación de los elementos revolucionarios en España eran inevitables. La C.N.T. no se planteó nunca la cuestión de la revolución desde el punto de vista de la clase trabajadora, sino que su principal preocupación ha sido siempre la organización. Intervenía en favor de los trabajadores y con la ayuda de los trabajadores, pero no estaba interesada en la iniciativa autónoma y en la acción de los trabajadores independientes de intereses organizativos. Lo que contaba no era la revolución, sino la C.N.T. Y desde el punto de vista de los intereses de la C.N.T. los anarquistas tenían que distinguir entre Fascismo y Capitalismo, entre la Guerra y la Paz. Desde ese punto de vista, se vio forzada a participar en políticas nacional-capitalistas y tuvo que pedir a los trabajadores que colaborasen con un enemigo con el fin de aplastar a otro, con el fin de ser más tarde aplastados por el primero. Las palabras radicales de los anarquistas no se pronunciaban para que fueran seguidas; simplemente servían como un instrumento para el control de los trabajadores por el aparato de la C.N.T.; “sin la C.N.T.”, escribían orgullosos, “la España antifascista sería ingobernable”. Querían participar en el gobierno y la dominación de los trabajadores. Sólo pedían su parte del botín, una vez que reconocieron que no podían obtenerlo entero para ellos mismos. Al igual que los bolcheviques, identificaban sus propias necesidades organizativas con las necesidades e intereses de la clase trabajadora. Lo que decidían era lo correcto, no había necesidad de que los trabajadores pensaran y decidieran por sí mismos, ya que eso sólo contribuiría a perturbar la lucha y a crear confusión; los trabajadores simplemente tenían que seguir a sus salvadores. No hubo ningún intento de organizar y consolidar el poder real de la clase obrera. La C.N.T. hablaba en anarcosindicalista y obraba como bolchevique; es decir, como capitalista. Con el fin de dirigir, o de participar en la dirección, tenía que oponerse a cualquier iniciativa autónoma de los trabajadores y así tuvo que apoyar la legalidad, el orden y el Gobierno.

Pero hubo otras organizaciones en liza, y no hay identidad de intereses entre ellas. Cada una lucha por la supremacía contra las otras, por obtener el dominio exclusivo sobre los trabajadores. La cuota de poder que cada una obtenga no acaba con la lucha entre ellas. A veces todas las organizaciones se ven obligadas a colaborar, pero es sólo una manera de posponer el ajuste de cuentas final. Un grupo debe tener el control. Mientras los anarquistas iban de “éxito en éxito”, su posición se iba socavando y debilitando. La afirmación de la C.N.T. en el sentido de que no quería imponerse a las demás organizaciones, ni combatirlas, era en realidad una excusa para no ser atacada por las otras, era el reconocimiento de su debilidad. Al estar comprometida en la política capitalista junto con sus aliados del Frente Popular, dejó a las grandes masas la posibilidad de escoger a sus representantes de entre los elementos burgueses. El que más ofreciera, era el que tenía mayores posibilidades. El fascismo de Moscú se puso de moda incluso en Cataluña. Las masas vieron en el apoyo de Moscú la fuerza necesaria para deshacerse de Franco y de la guerra. Moscú y su gobierno del Frente Popular significaban el apoyo del capitalismo internacional. Moscú se hizo más influyente, pues las grandes masas de España aún estaban a favor de mantener la sociedad de la explotación. Y se afirmaron en esta actitud porque los anarquistas no hicieron nada para aclarar la situación; es decir, mostrar que la ayuda de Moscú no significaba más que luchar por un capitalismo que complacía a algunas potencias imperialistas, aunque contrariaba a otras.

Los anarquistas se convirtieron en propagandistas de la versión del fascismo de Moscú, en servidores de esos intereses capitalistas que se oponen a los planes actuales de Franco en España. La revolución se convirtió en el terreno de juego de los rivales imperialistas. Las masas tenían que morir sin saber por quien o para qué. La situación dejó de ser un asunto de los trabajadores. Y ahora, también ha dejado de ser un asunto de la C.N.T. La guerra puede finalizar en cualquier momento mediante un acuerdo entre las potencias imperialistas. Puede acabar con la victoria o la derrota de Franco. Este puede abandonar a Italia y Alemania y volverse hacia Francia e Inglaterra. O aquellos países pueden perder su interés por apoyar a Franco. La situación en España se puede ver decisivamente modificada por la guerra que se incuba en el Extremo Oriente. Hay otras muchas probabilidades que se suman a la más probable: la victoria del fascismo de Franco. Pero ocurra lo que ocurra, a menos que los trabajadores no levanten nuevas barricadas también contra los Leales, a menos que no ataquen realmente al capitalismo, cualquiera que sea el resultado de la lucha en España, no tendrá una real significación para la clase obrera, que continuará explotada y oprimida. Un cambio en la situación militar en España, podría forzar una vez más al fascismo de Moscú a ponerse el traje revolucionario. Pero desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores españoles, al igual que el de los trabajadores del mundo, no existe diferencia entre el fascismo de Franco y el de Moscú, por muchas que sean las diferencias existentes entre Franco y Moscú. Las barricadas, si se levantasen otra vez, no deberían ser retiradas. La consigna revolucionaria para España es: “Abajo los fascistas, y también los Leales”. Por inútil que pueda resultar el intento de luchar por el comunismo, dada la situación mundial actual, sigue siendo el único camino para los trabajadores. “Más vale seguir un camino verdadero, aunque aparentemente inútil, que desgastar las energías en falsos caminos. Al menos, preservaremos nuestro sentido de la verdad, de la razón a toda costa, aunque sea a costa de su inutilidad”.

***

Publicado en inglés como “The Barricades Must Be Torn Down: Moscow-Fascism in Spain” en International Council Correspondence, vol. 3, nos. 7-8 (aug. 1937), p. 25-29.

Digitalizado por la Revista Balance.

lunes, 23 de enero de 2017

Mayo de 1937, la CNT cruza su Rubicón.

"Yo beso a los soldados muertos, son mis hermanos[...]"
Juan García Oliver, mayo 1937

"Bakunin y Marx se darían un abrazo [...]"
Luis Araquistain, febrero 1937

"Renunciar a la conquista del poder es lo mismo que dejarlo en las manos que ya lo ostentaban"
Leon Trotski, La Revolución española

"Quienes hacen una Revolución a medias excavan su propia tumba"
Saint-Just

80 años contemplan hoy los lamentables hechos de mayo que acabaron por desmoronar la unidad antifranquista y más allá de insistir en los lugares comunes habría que incidir en el papel jugado por los líderes anarcosindicalistas durante esos días claves en lo que significó el fin de aquel sueño colectivo.
No cabe desmentir ahora el tópico de la provocación estalinista, pero en esta historia hay mucha más tela que cortar; posturas doblemente ocultadas, primero por la 'historia oficial' al reducir lo ocurrido a la mera inconsciencia anarquista y luego por los mismos dirigentes cenetistas al ocultar el rol jugado en aquellos días.

Los comités revolucionarios claudicaron ante las fuerzas estatales y esto no fue más que otro síntoma del doble alma ácrata constatado por la escisión treintista poco antes.
La mayor parte de los historiadores 'oficiales' de los movimientos obreros y sociales del siglo XX obviaron estos hechos, empaquetándolos dentro del cajón de sastre de los múltiples microconflictos internos de la guerra o bien los simplificaron y ningunearon equiparando el episodio con alguno de los viejos pustch anarcosindicalistas previos.

Hacia el final de su mítico "Homenaje a Cataluña", Orwell deja entrever las consecuencias de esos días que él vivió en primera persona, sin duda su novela abrió la veda pero la historiografía 'oficial' comienza con un trabajo de Manuel Cruells -por aquella época afiliado al nacionalista Estat Catalá- su obra "Mayo Sangriento" (1) hace un prolijo bosquejo sobre las múltiples 'casualidades' que desembocaron en el ataque a la Telefónica, analizado desde un punto de vista periodistico -que haría palidecer a muchos de sus colegas hoy- estamos quizá ante el primer ensayo serio sobre lo que significó el cruce del Rubicón ideológico para el mayor movimiento anarquista que ha existido. A pesar de pivotar sobre la idea simplificada y comunmente extendida de que todo fue un movimiento de ajedrez dirigido desde Moscú contra el insoportable e insobornable poder de la CNT y los 'renegados trotsquistas' (sic) el libro pone sobre el tapete muchas cuestiones fundamentales para entender el ulterior desarrollo de los acontecimientos aportando los primeros datos y mapas de la lucha calle a calle, de los importantes números de los intervinientes y confirmando que la desproporción entre muertos y heridos indicaba que las víctimas lo habían sido no de un combate, sino de las persecuciones y razzias subsiguientes -no se suelen producir tal número de fallecidos en luchas de este tipo en que el enfrentamiento no es directo sino que se produce desde barricadas- es decir que los 'asesinatos' sumaron muchas más muertes que el conflicto propiamente dicho, como anécdota destacar su afirmación de que el conseller Artemi Aiguadé planeó durante la borrachera de la noche anterior "dar la batalla a los anarquistas" junto a militantes de la Esquerra y el PSUC 

Poco importa en realidad si esto es o no cierto, el caso es que el día 3 de mayo a las 3 de la tarde, el comisario general del Orden Público, Rodríguez Salas junto a un destacamento de uniformados se presentó con un documento de incautación -con la firma de Aiguadé- en el edificio de la Telefónica en poder y administración de la CNT/FAI desde las luchas de julio, hecho revestido posteriormente de 'legalidad' por un decreto de Lluis Companys, provocando la respuesta libertaria en lo que Orwell definió como "ese extraño y maravilloso espectáculo de las barricadas"

Las consecuencias de los 'hechos' no solo afectaron a los intereses de la causa militar; las calles de Barcelona se convirtieron en una trampa de fuego cruzado por unos días; los paqueos y las vendetas hicieron mella en el ánimo obrero; 218 muertos de los cuales 126 eran revolucionarios y casi 60 progubernamentales dan una idea aproximada de la crispación existente en la retaguardia leal, el resto, unos 36 fueron las hoy famosas "víctimas colaterales" (2), una salvaje matanza entre hermanos que muy poco antes se habían batido el cobre codo con codo contra los militares facciosos. 

Los sucesos estuvieron muy cerca de alcanzar unas dimensiones críticas; destacamentos confederales y poumistas amagaron con enviar contingentes a Barcelona cuyas consecuencias hubieran desembocado en una auténtica meta-revolución que pudo extenderse como la pólvora. Según Peirats (3) la columna Roja y Negra así como la 26 división del POUM frenaron los movimientos de los elementos estalinistas de Lleida, pero con todo los hechos se repetían en Tarragona, Tortosa o Vic donde se produjeron asaltos a las sedes de la CNT cuyos militantes huyeron ante la imposibilidad de defensa. Al tiempo que la calle era un enorme polvorín con continuos y desasosegantes intercambios de disparos, en la sede de la Generalitat los líderes de la CNT protegidos por los cañones de Montjuïc (4) trataban de revestir de lenguaje revolucionario su aquiescencia con el poder, las intervenciones de los ministros anarquistas García Oliver -se contaba que algunos militantes dispararon su 'Star' al aparato de radio al oír las palabras del ministro- o Federica Montseny con sus llamadas a la unidad (5) a la calma y al abandono de la lucha, sumadas las posiciones visceralmente opuestas al espíritu del 19 de julio de los intelectuales 'orgánicos' del sindicato como Abad de Santillán, Miró o Horacio M. Prieto fueron causa de el primer gran cisma en el alma libertaria, eso si damos por sentada la aceptación de buen grado por parte de la militancia de que cuatro ácratas de renombre ocupasen cargos burocráticos en el gobierno, cosa harto discutible.

La falta de reorganización social pasada la efervescencia popular de los días 19, 20 y 21 de julio llevó a una CNT dueña absoluta de la calle a una 'alianza' con el mismo Estado que semanas antes pretendía derribar, tampoco se encargó de preveer -como era habitual- un plan de autodefensa contra los posibles ataques estatales, muy al contrario los ministros cenetistas trataron de jugar a dos bandas al "posibilismo circunstancionalista", un error fatal que marcaría el comienzo del fin de la utopía.

En cambio fueron las bases, acaudilladas por Jaume Balius y la agrupación Los Amigos de Durruti (6) quienes se encargaron de dar activamente la batalla contra la deriva pequeñoburguesa haciendo causa común con los poumistas, ya en la diana esquizoide de los estalinistas. Su órgano, El Amigo del pueblo -en homenaje a Marat- se convirtió en la auténtica voz de la rebeldía en las calles; con eslogans como "No desmontéis las barricadas!", "Atentos, trabajadores. ¡Ni un paso atrás!" con que abrían su primer número impelían al pueblo a continuar la lucha, e incluso comparaban la situación política del momento con la petición "a grito pelado de la prohibición de los 'clubes' en la Francia revolucionaria o los soviets en la URSS" (7) La censura y ensañamientos ejercida desde la CNT -en una posición claramente reaccionista- hacia las proclamas de Los Amigos de Durruti sólo consiguió extender el desánimo y la incomprensión popular tras estas nuevas barricadas, hechas del verdadero material con el que se hacían los sueños proletarios en los 'barris', desmantelarlas significaría para los obreros una cesión y en tales circunstancias casi una rendición.

Aunque todo esto se quedó en agua de borrajas comparado con la brutal e implacable campaña iniciada por el PCE y PSUC contra los 'trostquistas' del POUM -ya que un enfrentamiento directo con los anarcosindicalistas hubiese sido su suicidio político e incluso una guerra civil dentro de la guerra -dadas las gigantescas dimensiones de la central catalana; como bien indica Peirats: "la campaña de difamación se cebó contra un sector político débil sincronizada con ataques a la poderosa CNT, a la cual se trataba de socavar antes de pensar en mayores empresas" (8)
Desde su vocero El Treball los adjetivos "anarcofascista" o "trotskofascista" se convirtieron en la tónica durante las semanas que siguieron a los hechos, creando un estado de crisis social al que nada ayudaron las consignas lanzadas desde la cúpula confederal. El paroxismo llegaría con la edición de "Espionaje en España", un insultante libelo perpetrado por el estalinista francés Georges Soria bajo el pseudónimo de Max Rieger que se coronaba con un prólogo deleznable de José Bergamín, el perfecto ejemplar de la nueva base social comunista: un católico de misa diaria metido a Torquemada por mor de la persistente labor de seducción soviética. El libro llegó a usarse como prueba de cargo en el inmisericorde proceso al POUM que acabaría con el partido revolucionario, primero apartándolo de todos los puestos de poder político y militar y luego con su eliminación física; su líder, el excenetista Andreu Nin, fue secuestrado, salvajemente torturado y asesinado, posiblemente en la residencia del piloto Hidalgo de Cisneros (9) que en sus memorias cataloga los sucesos como "otra sinrazón más de los anarquistas" (10) parecido destino sufrió el anarquista italiano Camilo Berneri y su compañero Francesco Barbieri que desde las páginas de su periódico "La guerra di classe" criticaban sin ambages la actuación de los dirigentes anarcosindicalistas y otro tanto sucedía con Domingo Ascaso y tantos militantes anónimos...

Es indudable que desde los primeros días de aquel verano rojo se fraguaba una conjura entre estalinistas, socialistas y republicanos para tratar de desastabilizar la Revolución libertaria y poder medrar los primeros con falacias allí donde no pudieron hacerlo con ideas, basta con echar un vistazo a los slogans del partido previos al 19 de julio -"Todo el poder para los soviets" o "Abajo la República burguesa"- con la encendida defensa de la propiedad privada y de una República 'del orden' que se convirtieron en santo y seña de los comunistas españoles, aunque no es menos cierto que el discurso de los líderes anarquistas ocultaba -y esto no ha de ser obviado- una connivencia contrarrevolucionaria y encubierta. 

A pesar de la profusa eclosión de las memorias libertarias en los albores de la década de los setenta pocos son los que reconocieron su parte de culpa, los errores cometidos o cuando menos la dejadez política que contribuyó sobremanera al fracaso revolucionario, por el contrario, muchos aprovecharon esa inédita palestra para lanzarse mútuas acusaciones y desenterrar la caja de los truenos confederal.

Tal vez esos errores de bulto se deban más al comportamiento español, tan sui generis, una mezcla de un 'laissez faire' libertario fácilmente comprensible ante la crepitante situación que se dio en el 36 y el anarcooptimismo con que los ideólogos libertarios alimentaban -quizá de un modo un tanto infantil- el ideario del proletariado español, utopías validantes de un comunismo libertario que daba la impresión de que se implantaría automáticamente, como por ensalmo. Así frente a los enormes cambios sociales que se produjeron en las calles, el 21 de julio la cúpula de la CNT decidiendo el destino de la Revolución, planteaba una 'inteligencia' con el poder republicano que hallaba con ello un asidero ideal en medio de su propio desmoronamiento (6)

Años después, desde la cúpula de CNT/MLE del exilio en la inmovilista rue Belfort aún se seguiría en la misma involución; acusando de todos los males posibles al comunismo, de poner fin a la Revolución sin ser capaces de un mínimo de autocrítica o reconocer un ápice de su parte de culpa en aquella trágica derrota. Pasado el tiempo ignominioso de eclipsación por la postguerra ya hay datos y documentos suficientes como para observar el alcance de los sucesos y la magnitud que pudieron llegar a alcanzar. La difuminada matanza de la Fatarella -punto de inflexión en la historia de las patrullas de control y las intermitentes pero inexorables ejecuciones de Sesé, Cortada o 'El cojo de Málaga' y sus consiguientes respuestas armadas eran signos evidentes de que en la retaguardia las luchas intestinas entre ese poco homogéneo grupo llamado Frente Popular, se estaban trasformando en una fisura por la que podría perderse la guerra y la Revolución a velocidad de vértigo. La irresistible ascensión del partido comunista con sus consignas a favor de una República del orden culminó cuando Palmiro Toggliatti, al mando de la Comintern en España, aprovechó la caída del gobierno de Largo Caballero para introducir sin tapujos ya a la NKVD (Policía política rusa) en todos los planos sociales, luego vendrían Líster y su 'saneamiento' de la retaguardia, la consiguiente caída del Consejo de Aragón y el desmantelamiento de las colectividades, que aunque es parte de esta historia ya es otra... en ésta concluimos con el mal sabor de boca que la mella de la experiencia burocracia por la pervivencia posibilista dejó en el alma de los trabajadores, por aquellos días Barcelona dejaba de ser la rosa de fuego que asombró al proletariado mundial. para convirtirse en un nido de corruptelas, persecuciones y espionaje al más puro estilo hollywoodiense. 

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1- Cruells, M. Mayo sangriento. Barcelona 1937 Ed. Juventud 1970

2- Aguilera Povedano, M. Los hechos de mayo del '37: Efectivos y bajas de cada bando. Revista Hispania, n° 245 2013

3- Peirats, J. La CNT en la Revolución española. Ruedo Ibérico 1971

4-  Abad de Santillán, D. Por qué perdimos la guerra. Imán 1940 p. 211

5- En Seriñena, Montseny había afirmado que "ha llegado el momento de que la CMT y la UGT desaparezcan para dar lugar a una nueva unidad sindical" sembrando el desconcierto entre la audiencia libertaria.

6- Para las proclamas de los Amigos véanse Mintz, F. y Peciña, M. Los Amigos de Durruti, los trostquistas y los sucesos de mayo. Campo abierto 1978, Fontenis, G. El mensaje revolucionario de los Amigos de Durruti. La Piqueta 1986 y sobre todo Guillamón, A. La agrupación de los Amigos de Durruti. Balance 1996

7- Periódico La Noche 2, marzo 1937

8- Peirats, J. La CNT en la Revolución española. Ruedo Ibérico 1971 Vol. 1 p. 257

9- Nin, Lluis Juste, Andreu Nin. Eds. del Ponent 2016 p. 25

10- Hidalgo de Cisneros, I. Cambio de rumbo. 27letras eds. 2003

11- Los mejores y más documentados trabajos sobre el asunto son: Amoros, M. La Revolución traicionada. Virus 2003, Paz, A. Crónica de la columna de Hierro. Virus 2011 y Guillamón, A. Barricadas en Barcelona. Espartaco internacional 2007

- Para más información consúltese el n° 93 de la revista Viento Sur, septiembre de 2007, especialmente los artículos de Andy Durgam, Chris Ealham y Pepe Gutiérrez Álvarez.
Pdf ▶ http://vientosur.info/spip.php?rubrique101 (corte y pegue en su buscador)

martes, 20 de diciembre de 2016

Miscelánea de julio del '36

En julio de 1936 se consolidó la hegemonía de las tendencias anarcosindicalistas en Cataluña, la atomización del poder se convirtió en santo y seña de la situación, una prueba de lo frágil de la unión antifascista del endeble Frente Popular.
En Madrid, aún capital física del país, se sucedían las filibusterías políticas, volaban los cuchillos dialécticos (que siempre acababan clavados en los corazones proletarios), los cambios y estrategias ministeriales se sucedían, en medio de una inacción pasmosa, ante la mirada expectante de toda Europa, aterrada ante la idea de la extensión del conflicto a todo el continente. De remate Manuel Azaña se autoexiliaba en Barcelona (sin duda para tener la frontera más cerca…), desde donde se dedicó a la escritura dejando sus deberes políticos en manos de sus ministros, ministrables y palmeros que esperaban su turno para hacerse con la poltrona.
La situación política se convirtió en una mera fachada de formalidad institucional ante las potencias extranjeras, sin embargo desde las sombras de la misma República se estaba fraguando un elaborado plan para hacerse con el país a todos los niveles; el envenenado ambiente entre los ministros ‘antifascistas’, pignorado o celebrado con coplas y caricaturas por los diarios de oposición, eran la simiente de lo que sucedió después. Prieto lanzaba frases demoledoras sobre Azaña; cuenta Hidalgo de Cisneros en sus ‘peculiares’ memorias (1) cómo éste le calificó de “putilla llorona histérica”… mientras tanto Largo Caballero, iluminado por sus recientes lecturas de Karl Marx durante su estancia en la cárcel y aupado al título de “Lenin español” por quienes después lo defenestrarían, daba un paso al frente y creaba un insólito gabinete con dos ministros de la FAI; Juan García Oliver y Federica Montseny y Juan López y Juan Peiró por la CNT entre la aquiescencia del Comité central y la incredulidad del purismo y buena parte de la militancia, rompiendo así con una tradición antiestatista de 70 años, gracias a los esfuerzos denodados y labor de zapa de Horacio Prieto (2), auténtica ‘fábrica de burócratas libertarios’, como le definió magistralmente Bolloten.
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Por otro lado, y esto es vital para entender el desarrollo de la guerra, Largo Caballero dio entrada a Jesús Hernández y Vicente Uribe en nombre del PCE, ambos protagonistas en carne del desmoronamiento del Frente Popular, años más tarde el primero confirmaría acerca de su entrada en el gobierno “el comité central [Moscú] nos instó a entrar para forzar los antagonismos entre los poderosos cenetistas, con el fin de arrimar el ascua a nuestra sardina; nos apoyábamos en éste para luchar contra aquél, mañana cambiábamos los papeles dando el apoyo a la inversa […] y hoy, mañana y siempre empujamos a unos contra otros para tratar de que se destrozaran entre sí” (3). Pero para hablar de ese tercer pie de la guerra, el seguidismo de políticas pergeñadas para el beneficio de unas siglas u otro país, es necesario incidir en la anécdota más que en el tan manido plano general. Y, desde el punto de vista de la historiografía ‘oficial’, la anécdota parece ser lo relacionado con la CNT.
Soy firme partidario de dejar constancia, antes de cualquier inicio de relato de los hechos, que en absoluto podemos ni debemos hablar de una guerra “civil”; cuando un bando cuenta con la plana mayor del ejército, el apoyo incondicional de los grandes terratenientes y caciques, de la burguesía y del clero, mientras en el otro se encuentra un gobierno noqueado y comatoso junto a un pueblo secularmente castigado, maltratado y hastiado hasta la médula, podemos hablar con toda justicia, derecho y propiedad de Guerra Social e incluso Revolución con mayúsculas, sin riesgo de cometer panfletismo o propaganda.
La bibliografía sobre el tema hasta bien entrado el siglo XXI está plagada de errores básicos (fechas, nombres, lugares, etcétera), por desidia y adrede en muchos casos por interés personal; otros metodológicos que bordean la ‘ficción literaria’, creados ad hoc, tratando de minimizar, obviar e incluso negar lo que realmente sucedió aquellas jornadas. La épica y la hagiografía fácil también ha hecho mella en esta historia de lucha barrio a barrio, de increíble solidaridad y de barricadas; García Oliver, uno de los “líderes” cenetistas más activos (tanto en los palcos como en las calles), había ascendido a los altares libertarios, gracias a su poderosa presencia durante aquel ‘corto verano de la anarquía’ en que tantos mitos nacieron  para el obrerismo español; pero su verdadera contribución en la victoria de julio venía de mucho antes, de su famosa ‘Gimnasia revolucionaria’, tantas veces acusada de germen soterrado de la guerra por los republicanos, o de inutilidad palmaria por el sector más moderado y los ‘treintistas’, fue lo que salvó Barcelona y Cataluña durante el alzamiento e incluso después; esa efervescencia revolucionaria tuvo su misión más allá del 19 de julio; a pesar del desbarajuste de los milicianos por su nula instrucción, la carencia de armas por la negativa gubernamental a armar a los obreros (cuando no se entregaron inútiles, obsoletas o descerrajadas), consiguió acorralar a las tropas en sus cuarteles y, en un continuo y arrollador despliegue de orgullo más que de cabeza, llegaron a someter las tropas de Goded e incluso realizar a un histórico y generoso acuerdo con la Generalitat de Companys, mediante el cual renunciaban a tomar el poder que, de facto, tenían ya, demostrando como mínimo una hábil capacidad de hombres de Estado, curiosamente en unos anarquistas.
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Volviendo a Azaña, que antes de las elecciones había exclamado aquello de “no sé si temo más la derrota que la victoria” y cuyo ejercicio comenzada la contienda se relegó al papel de escritor y cronista de palacio y alcurnia, desde el principio mostró un desdén hacia la guerra y todo lo que ésta significaba de violencia y cambio social, ‘gran presidente para la paz…’, se decía, lo malo es que España estaba en el ojo del huracán del teatro de operaciones del fascismo mundial, ya antes de las elecciones del ’36 dejó claro su papel diletante y enemigo de todo aquello que oliese a turbas enfurecidas y organizadas… esta indolencia perjudicó de modo incalculable el desarrollo ulterior del conflicto. La prueba fue que allí donde triunfó el golpe militar se debió más a la imperdonable inocencia de los mandatarios, mayoritariamente socialistas y republicanos, cuya confianza en unos mandos ya sublevados rozaba lo insólito, que de la propia acción de unas tropas de regulares y quintos ebrios de fanatismo, entre los que había muchos que creían estar defendiendo a la República frente a las ‘hordas comunistas’; en un pasaje de su extraordinario libro sobre su estancia en España en esos días, George Orwell (4) recrea una escena de guerra en que en ambas trincheras ondeaba la bandera tricolor; tengamos en cuenta la época, el extendido analfabetismo, la catequización dentro del ejército y que una parte enorme de este consistía en quintos reclamados desde cualquier punto de la península y podremos hacernos de una idea de quiénes eran el grueso del ‘enemigo’; una prueba irrefutable es el número de desertores de uno y otro bando, la comparación es tan sintomática que los mismos mandos fascistas dedicaron una gran parte de sus esfuerzos en una labor de propaganda y proselitismo sin precedentes, lección aprendida de Goebbels, auténtico maestro de la publicidad cuya cátedra sigue asentada hoy en la política actual, de ahí que considere inexcusable el conocer los hechos eclipsados por la historia para evitar caer en esos errores en la sociedad actual, plagada de paralelismos con aquella...
Azaña, Largo y Negrín serán apeados pues de esta historia nada oficial, su sitio y honores serán para los verdaderos amos de la calle aquellos días; el anónimo proletariado en armas.
El 20 de julio se inició una de las más grandes epopeyas surgidas desde el corazón del pueblo en la Europa del siglo XX, todo un país quedó descabezado y sin gobierno por primera vez pero, al tiempo, se marcaba su destino, su fin… aunque justamente en lo inevitable de su caída, en su propia imposibilidad de ser reside la belleza de las utopías.
Los libertarios han perdido ya dos guerras; una contra el fascismo y otra contra la Historia, tratemos de que ganen al menos la del recuerdo.
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(Continuará)

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Para ampliar información

Artículo de Chris Ealham en Diagonal  Contar bien la Revolución de Barcelona

Citas

1- Cisneros, Hidalgo de. Cambio de rumbo. Madrid 1996
2- Lorenzo, César M. Los anarquistas españoles y el poder (1868-1969) París 1970 Ruedo Ibérico [El autor era hijo de Horacio Prieto]
3– Hernández, J. Yo fui un ministro de Stalin. México 1953
4- Orwell, G. Homenaje a Catalunya. Madrid 2011